Mi madre me dijo nada más verla que no me convenía, pero es que sus gustos, además de no concordar conmigo, son muy clásicos. Yo no sé si Ella no me convenía, pero lo que si sé es que no me conviene un amigo como Él.
Desde que le conozco siempre se ha metido con mi peinado. Es algo que nunca he comprendido de un tío tan “abierto” y tan “de izquierdas” como él. Sencillamente, Él no tiene la personalidad que tengo yo, y se guía por las absurdas modas del momento. El único que lleva el peinado que quiere llevar soy yo. A pesar de esto, y de que nunca había tragado con mi familia de “clase acomodada” como Él decía, nos llevabamos bien. Siempre había mantenido distancias con él porque desde el primer momento supe que era un bocazas. Simplemente una amistad de conveniencia. Yo le llevaba en mi coche a donde quisiera y Él (creía que) me ayudaba con las mujeres.

Es cierto que Él siempre ha ligado más que yo, y que mi historial con las mujeres no es muy extenso. Siempre había sido un chico maravilloso. Siempre les soltaba su rollo activista, que eso suele encandilar más que mi rollo. Y Él siempre fardaba de cómo ligaba mucho más que yo. Pero un día todo cambió. Un día conocí a Ella. Ella era su tipo. Pero Ella era mía. Pensé que era increíble, pensé que era la mujer de mis sueños, y pensé que no se me podía escapar. Yo sé que no le gustaba. Y que al principio empezó a salir conmigo por pena, o no sé muy bien porqué. Ella estaba convencida que era demasiado buena para mí, que no la merecía. No me lo dijo, pero se notaba. El caso es que la conseguí enamorar. No me costó mucho, y a la semana de salir conmigo la tenía en mi mano.
Hacía y decía lo que yo quería. En una semana se había convertido en mi marioneta, y si hay algo que no soporto es que una mujer carezca de personalidad. Fue a partir de ahí cuando me empecé a cansar. Ella se volvió insoportable, y lo único que hacía era agobiarme. A partir de ahí maquinaba una forma de deshacerme de Ella sin que se diera mucha cuenta, o por lo menos sin hacerle mucho daño.
Pensé en mentiras, en una actuación digna de Oscar. Mi madre siempre me ha dicho que el teatro es lo mío. De hecho siempre que la miento no se da ni cuenta. Pero desheché la idea por trillada, y por poco original. Al poco tiempo recibí una invitación de una fiesta en casa de un amigo de mi barrio. Invitaría a Ella porque sé que le encanta todo lo que se mueva con un patrimonio de más de 6.000 euros. Lo que yo no sabía es que en esa fiesta iba a estar la solución a todos mis problemas.

Al poco de entrar en la casa le ví. Ahí estaba Él, siempre haciendo el mono, siempre llamando la atención. Me fijé en la cara que puso Ella al verle de reojo. Se remojó los labios. Eso, para un buen observador como yo, significaba que le atraía. Un abanico de posibilidades se abrió ante mis ojos. Le presenté uno por uno a todos los chicos de la fiesta, observando su mirada, observando sus movimientos. Lo cierto es que coqueteó con todos (¿igual ya estaba un poco harta de mí?), pero con Él fue diferente. Ella le deseaba. Le deseaba allí mismo, delante de mí y de todos los de la fiesta. Sería su gran presa. Y yo sería el pobre Guillermo.
Unos días después de la fiesta Ella quedó “para hablar” conmigo. Yo ya sabía lo que iba a pasar, y tenía que ir preparado. Saqué mis dotes de actor a relucir, ya que es difícil parecer sorprendido cuando ya te sabes el final de la película. En cuanto me dijo sus pobres y poco argumentadas razones me eché a llorar. La verdad es que fue algo espontáneo, pero no porque me diera realmente pena. Igual la situación sí que era un poco penosa. Ella se lo tragó, y se fue a su casa con la sensación del deber cumplido, aún habiendo roto el corazón de álguien. Ella pensó que estaba haciendo lo correcto. Nunca había estado más de acuerdo.

Creo que hacen buena pareja, porque se han aguantado ya unos meses. Como dice el refrán, dios los cría y Ellos se juntan.

















Me dicen...