
[...] No se trataba solamente de una casualidad histórica: una noche, ya a última hora, cuando había acabado la música y el sake animaba su elocuencia, Sato le había explicado a Minty que se trataba de una alineación filosófica: el jazz era un arte zen, ¿no? La espontaniedad controlada. Como la pintura sumi-e a la tinta, como el haiku, como el tiro con arco, como la esgrima kendo; el jazz no era algo que se planeara, era algo que se hacía. Uno ensayaba, tocaba sus escalas, se aprendía sus fragmentos y luego ponía todos sus conocimientos, toda su preparación, al servicio del instante.
- Y, en el jazz, cada instante es una crisis -dijo Sato citando a Wynton Marsalis-, y uno pone toda su habilidas en juego para soportar esa crisis. -Como el espadachín, el arquero, el poeta y el pintor: todo está ahí. No hay futuro, ni pasado, solo ese instante y cómo te enfrentes a él. El arte sucede. [...]
Christopher Moore. Un trabajo muy sucio.

















Me dicen...