Archive for the 'cuento' Category

07
Ago
07

Final (pequeña historia)

[pequeña historia]

[segunda parte]

Mi madre me dijo nada más verla que no me convenía, pero es que sus gustos, además de no concordar conmigo, son muy clásicos. Yo no sé si Ella no me convenía, pero lo que si sé es que no me conviene un amigo como Él.

Desde que le conozco siempre se ha metido con mi peinado. Es algo que nunca he comprendido de un tío tan “abierto” y tan “de izquierdas” como él. Sencillamente, Él no tiene la personalidad que tengo yo, y se guía por las absurdas modas del momento. El único que lleva el peinado que quiere llevar soy yo. A pesar de esto, y de que nunca había tragado con mi familia de “clase acomodada” como Él decía, nos llevabamos bien. Siempre había mantenido distancias con él porque desde el primer momento supe que era un bocazas. Simplemente una amistad de conveniencia. Yo le llevaba en mi coche a donde quisiera y Él (creía que) me ayudaba con las mujeres.

Es cierto que Él siempre ha ligado más que yo, y que mi historial con las mujeres no es muy extenso. Siempre había sido un chico maravilloso. Siempre les soltaba su rollo activista, que eso suele encandilar más que mi rollo. Y Él siempre fardaba de cómo ligaba mucho más que yo. Pero un día todo cambió. Un día conocí a Ella. Ella era su tipo. Pero Ella era mía. Pensé que era increíble, pensé que era la mujer de mis sueños, y pensé que no se me podía escapar. Yo sé que no le gustaba. Y que al principio empezó a salir conmigo por pena, o no sé muy bien porqué. Ella estaba convencida que era demasiado buena para mí, que no la merecía. No me lo dijo, pero se notaba. El caso es que la conseguí enamorar. No me costó mucho, y a la semana de salir conmigo la tenía en mi mano.

Hacía y decía lo que yo quería. En una semana se había convertido en mi marioneta, y si hay algo que no soporto es que una mujer carezca de personalidad. Fue a partir de ahí cuando me empecé a cansar. Ella se volvió insoportable, y lo único que hacía era agobiarme. A partir de ahí maquinaba una forma de deshacerme de Ella sin que se diera mucha cuenta, o por lo menos sin hacerle mucho daño.

Pensé en mentiras, en una actuación digna de Oscar. Mi madre siempre me ha dicho que el teatro es lo mío. De hecho siempre que la miento no se da ni cuenta. Pero desheché la idea por trillada, y por poco original. Al poco tiempo recibí una invitación de una fiesta en casa de un amigo de mi barrio. Invitaría a Ella porque sé que le encanta todo lo que se mueva con un patrimonio de más de 6.000 euros. Lo que yo no sabía es que en esa fiesta iba a estar la solución a todos mis problemas.

Al poco de entrar en la casa le ví. Ahí estaba Él, siempre haciendo el mono, siempre llamando la atención. Me fijé en la cara que puso Ella al verle de reojo. Se remojó los labios. Eso, para un buen observador como yo, significaba que le atraía. Un abanico de posibilidades se abrió ante mis ojos. Le presenté uno por uno a todos los chicos de la fiesta, observando su mirada, observando sus movimientos. Lo cierto es que coqueteó con todos (¿igual ya estaba un poco harta de mí?), pero con Él fue diferente. Ella le deseaba. Le deseaba allí mismo, delante de mí y de todos los de la fiesta. Sería su gran presa. Y yo sería el pobre Guillermo.

Unos días después de la fiesta Ella quedó “para hablar” conmigo. Yo ya sabía lo que iba a pasar, y tenía que ir preparado. Saqué mis dotes de actor a relucir, ya que es difícil parecer sorprendido cuando ya te sabes el final de la película. En cuanto me dijo sus pobres y poco argumentadas razones me eché a llorar. La verdad es que fue algo espontáneo, pero no porque me diera realmente pena. Igual la situación sí que era un poco penosa. Ella se lo tragó, y se fue a su casa con la sensación del deber cumplido, aún habiendo roto el corazón de álguien. Ella pensó que estaba haciendo lo correcto. Nunca había estado más de acuerdo.

Creo que hacen buena pareja, porque se han aguantado ya unos meses. Como dice el refrán, dios los cría y Ellos se juntan.

21
Jul
07

Segunda parte (pequeña historia)

[primera parte]

Conocí a Guillermo en una etapa extraña de mi vida. Etapa en la que no quería conocer a nadie. Después de salir de una relación no se puede una sumergir en otra. Eso es lo que pensaba. El pobre no hacía más que tirarme los trastos de una forma ya descarada. Tras semanas de galanteos por mensajes y por messenger decidí darle una oportunidad. De estas veces que piensas imagínate que sale bien, igual es el hombre de mi vida. Sin estar enamorada me aventuré a conocerle mejor. He de decir que me hacía sentir como una reina. Todos los días me obsequiaba con unas palabras bonitas, un piropo, incluso algún poema. A los tres días ya estaba cansada de ser “lo mejor que le había pasado en la vida”. Nunca he podido comprender como álguien se puede enamorar de otra persona tan rápido. Aunque yo creo que Guillermo siempre ha sido así. Pobre, ahora que lo pienso, creo que le rompí el corazón. Pero ¿quién no ha roto un corazón alguna vez?

A veces era demasiado plasta. Quería verme a todas horas. ¡Con lo independiente que soy yo! Llegó un momento en que noté que no era para mi. Sabía que no duraría más de una semana. Pero lo que no sabía era como abordar la situación. Conociéndole seguro que se ponía a llorar en la misma acera, mientras de rodillas me suplicaría que no le dejara. Ridículo ¿verdad? Además Guillermo ya tiene una edad… Nunca me gustó su peinado a raya. Pero la verdad es que tiene unos ojos azules preciosos. Ahora que pienso, no sé tan si quiera qué le ví. Quizá ví un futuro padre para mis hijos. Guillermo tiene pinta de padre de familia.

Un día me habló de ir a una fiesta. Ni ganas tenía, pero me convenció por ruegos y porque me quería presentar a sus amigos. – Pero, ¿tienes amigos? – Le dije. Nunca me había hablado de ellos, aunque Guillermo ese día me dijo que tenía muchos. Ya sólo por éso, merecía la pena ir a la fiesta.

Fuimos a casa de uno de sus amigos ricos, que resulta que sus papás estaban de viaje, y organizaba una de sus “famosas fiestas”. No me acuerdo muy bien de la casa, no me acuerdo muy bien de sus amigos, salvo de Él. Me lo presentó casi como su mejor amigo, pero Él puso una extraña mueca al verme. Debía estar sorprendido de que fuera guapa. De lo que sí se sorpendió fue de que acompañara a su amigo. Quizá pensó que sería demasiado para su amigo. Me saludó, me miró el escote y se fue a rellenarse la copa. Simplemente desapareció. Y yo me quedé con Guillermo (que me enséñaba a sus amigos como un mono de feria) y con el recuerdo de esos ojos marrones que me habían mirado de arriba a abajo unos minutos antes.

Tonteé con todos sus amigos, esperando que Él se diera cuenta. Necesitaba que me volviera a mirar, necesitaba sentir esa mirada cálida de los que miran ocultando secretos. En ese momento me dí cuenta de lo absurdo de mi relación con Guillermo, de que no podría volver a besarle igual, ni si quiera a hablarle igual que como lo había hecho hasta entonces. Guillermo me gustaba, me trataba bien, pero no era suficiente. Sentía más en una mirada de Él que en mil besos de Guillermo. Sentía que quería mil besos de Él, que los quería ya. Soy impaciente para todo en la vida. No es una cualidad que me guste mucho, porque te llevas más desilusiones que alegrías. Y esa noche gracias a mi impaciencia lo perdí. Y me desilusioné.

Él lo había logrado. Había logrado que por una vez en mi vida me volviera a casa insatisfecha, incompleta. Por norma siempre consigo lo que me propongo, y más en estos temas. Pero ese día Él hizo que mi mundo cambiara. Me sentí insignificante, pequeña. Me sentí mortal, y por una vez en la vida, sentí que tenía que luchar por un hombre.

Dejé a Guillermo un martes por la mañana. Me acuerdo porque fue de las cosas más duras que he hecho en mi vida. Era la primera vez que dejaba a álguien y no sabía que hacer. Recuerdo lo contento que estaba ese día, recuerdo su cara al ver mi cara. – Guillermo, no podemos seguir juntos, no te quiero. – Y me fui casi corriendo. Recuerdo también que lloré. Lloré por él. Me dio mucha pena lo que hice, y que por mi culpa ahora estuviera mal. Pero era inevitable, porque yo pensaba en otro.

tequiero

Al enterarme de la fiesta de Periodismo del jueves, no tarde mucho en decir que sí iba. Necesitaba desconectar de todos esos pensamientos, necesitaba sacar a Guillermo llorando de mi cabeza. Me puse mis mejores ropas, y aunque no pensaba en ligar, me apetecía ir guapa por un día.

La fiesta era la típica fiesta de universitarios. Mucho alcohol, mucho ruido, y mucho humo. Un desconocido quiso entablar conversación conmigo intentandome hacerme de reir. Desde que los hombres escucharon que haciéndonos reír nos vuelven locas, están de un plasta. Todos intentan los mismo, y se nota que se esfuerzan, y se fuerzan, porque a los cinco minutos te das cuenta de que interpretan un papel. Un chico alto le cortó su tercer chiste y al ver la mirada lo reconocí. Pensé que era imposible, pensé que me había seguido. Que me había estado espiando desde la anterior fiesta, y que hoy había dado el paso de acercarse a mí, que hoy hablaría conmigo. Le saludé muy cariñosamente. Tenía ganas de hacerlo, y con la efusividad casi tiro la CocaCola que estaba bebiendo. Pero Él lo volvió a conseguir. Volvió a bajarme de las nubes de una patada. No se acordaba de mi. Bueno en principio no se acordó, hasta que nombré a su amigo Guillermo, y el dato de que ya no estaba saliendo con él. De pronto Él puso la misma expresión que cuando me conoció. En su cara adiviné sorpresa e interés. Y yo creo que interés de verdad, porque esa noche dejó a un lado mi escote.

Después de tres meses puedo decir que soy feliz. Por primera vez en mi vida he aprobado todas mis asignaturas. Pienso en el verano que voy a pasar. Lo quiero pasar junto a Él. He hecho miles de planes: montaña, playa, piscinas y parques de atracciones nos esperan. Ha accedido a verme hoy a las cinco y media. Pobre, con lo poco que le gusta salir a la calle cuando hace tanto calor. Noté algo en su voz, pero no quise ni pensarlo porque por fin íbamos a tener una tarde para nosotros, sin pensar en exámenes, en obligaciones, sin distracciones.

Creo que llego tarde.

– ¡Hola!

Esa mirada me suena…

– Llegas tarde…

[final]

19
Jul
07

Pequeña historia

En el Oso y el Madroño a las 5 y media. ¿Qué clase de persona queda a esa hora en pleno junio? Madrid es peligroso en estas fechas, y si tuviera treinta años más mi vida correría peligro. Pero sólo a Ella se le habría ocurrido ese lugar y esa hora. Hace ya tiempo que las cosas que le digo entran en su cabeza como un rayo descarriado, y salen tan rápido como han entrado, buscando otro sitio más placentero donde poder esconderse. A estas alturas discutir por un lugar y una hora ya no nos lleva a ninguna parte. Además sabía que quería que la acompañase de tiendas. El tiempo se consume deprisa cuando hay tiendas, y de ahí el porqué de quedar tan pronto. Las mujeres siempre esperan que nosotros hagamos ese tipo de cosas. Incondicionalmente, por supuesto. En el fondo las adoramos.

Antes que nada hay que hablar de Ella. Guillermo nos presentó. De hecho la presentó como su novia, y pese a ser amigo mío, ese fue el día que me enteré de su relación. Desde el primer momento supe que Ella era demasiado para mi amigo. Pero pobre Guillermo. Sé que soy duro con él, pero admitámoslo, un chico que se peina a raya a estas alturas del siglo no puede aspirar a mucho. Y Ella era aspirar a mucho. Como si a un Seicientos le pusieras el motor de un reactor. El primer vistazo era favorable, y se notaba que Guillermo la presentaba como un trofeo. “Mi trofeo” pensaría… Y no era para menos. Físicamente era delgada, morena de piel y de cabello. Ojos grandes y pardos, y una mirada que parecía penetrar en los pensamientos de sus víctimas. El pelo, negro como carbón, le caía sobre sus hombros en forma de los mejores bucles que había visto en mi vida. Más tarde descubrí que ese efecto se consigue con cierta espuma para moldear cabellos. Y es que antes de conocerla, no es que fuera nulo para las mujeres, pero sí parco en conocimientos. Siempre había estado soltero, y mi record (aún sin batir) había sido los 3 meses de verano que pasé en mi pueblo con una chica holandesa. Fue monótono, y de ése recuerdo me quedan las mismas ganas para iniciar nuevas relaciones. Osea ninguna.

Ella sabía encandilar a los hombres. Simplemente les miraba, y se mordisqueaba el labio inferior con unos dientes blancos como folios recién sacados de la fábrica. Esa noche, Ella salió de la fiesta con unos cuantos números de telefonos y direcciones de e-mail, que al parecer le interesaban más que su novio. Yo sabía que la relación con mi amigo duraría como mucho unos meses. La verdad es que estaba muy equivocado, porque a la semana me enteré de lo que todo el mundo se temía. Claro que no por mi amigo, que como ya bien sabéis, no es un hombre de contar intimidades.

Cierto jueves de Marzo me invitaron a la típica fiesta universitaria, en el típico pub de Madrid abarrotado de jóvenes borrachos con poco que perder salvo unos cuantos euros. Yo empecé periodismo, pero lo dejé por mi trabajo, y porque siempre me ha aburrido mucho estudiar. Aún conservo amigos que siguen en la carrera y que me avisan de eventos como éste. Al entrar en el local, una ola de calor se abalanzó sobre mí como un guepardo hambriento. Una vez el cuerpo acostumbrado tuve que ir acostumbrando pulmones y oídos para poder quedarme allí. No fue difícil porque en cierto modo estoy acostumbrado a este tipo de ambientes. Saludando y saludando llego a una pareja del fondo que parece contarse chistes. Siempre me ha parecido curioso el intentar hacer reír a una mujer en una discoteca. Lo que yo no sabía es que esa mujer era Ella. Aunque tuvo que ser Ella la que me refrescara la memoria. Siempre he dicho que la gente que da los dos besos bien, luego sabe hasta latín sin hablarlo. Creo que además es matemático, y creo que no falla. Ella sabía darlos. Daba la impresión de que después de que te saludara, se te iba a quedar una marca impresa de sus labios en tus mejillas para toda la vida.

El saludo fue cariñoso, creo que propiciado por el cubata que alojaba en sus manos. Charlamos animadamente en ése ambiente hostil, hasta que sugerí (sin maldad alguna) ir a otro sitio a seguir hablando de banalidades. Ése fue el principio de mi fin. Ella hizo todo lo que pudo para que cayera en sus redes, y yo que soy chico fácil, a los diez minutos de allí ya estabamos de camino a mi piso.

El primer beso. El primero fue como una explosión. No había sentido tanto con un beso ni cuando he estado enamorado (aunque ahora me pregunto, ¿había estado enamorado?). De lo demás diré lo justo, ya que no me gusta airear intimidades amatorias de personas físicas.

Todo empezó como un juego. Como el escondite inglés. Pero moviendo las manos, y sobre todo los pies. Mi amigo la seguía queriendo. De hecho sigue queriendola en silencio, y sigue sufriendo sin consuelo. -Para éso- le dije hace poco- no hay Hemoal que valga-. Pero al principio lo mantuvimos en secreto por respeto, todavía no se muy bien hacia quién. Aunque se hizo inevitable que todo el mundo lo supiera, y eso que yo no la presentaba como un trofeo, quizá porque pensaba que era perfecta para mí. Simplemente Ella es maravillosa.

Han pasado tres meses (¿se acuerdan de mi record?), y todo es monotonía. Hoy había juntado el valor para decirselo. Es curioso como los sentimientos cambian en unos meses. Meses es una unidad de tiempo insignificante, y sin embargo a veces los segundos se hacen eternos. Eso sólo lo consigue el amor y la cola del abono transportes. Me parece que hoy no es un buen día para decirle nada. Ella ha aprobado todas, y está feliz. ¿Quién me he creido? ¿Quién soy yo para ir destrozando felicidades en la vida de la gente?

Unos rizos negros me sacan de mis pensamientos:

– Hola

– Llegas tarde…

[segunda parte]

10
Abr
07

Caperucita es una mujer del siglo XXI

Por James Finn Garner.

 

Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

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